Una bota campera apoyada en un juke-box marca el ritmo de una canción. Los tejanos deshilachados, la sempiterna chupa de cuero, gafas ahumadas de motero y la enorme cruz de oro pendiendo de una oreja. Una especie de cowboy cristiano, un tipo duro de estética “Village People”. Así presentaba George Michael “Faith”, su primer single como artista en solitario. Pero ha madurado mucho desde entonces.
Permanece apaciblemente sentado, con el talón derecho apoyado en su rodilla izquierda, trazando un ángulo de noventa grados: una postura lo suficientemente viril como para no aparentar pluma y lo suficientemente elegante como para no parecer un hooligan. Zapatos italianos con cinturón a juego, pantalón negro. Una camisa de seda del mismo color deja entrever un pecho sembrado de vello oscuro. También sus manos están cubiertas de pelo. En ellas relucen el oro de un anillo en el dedo anular y la perfección que algún sibarita demiurgo se exigió al tallarlas.
Georgios Kyriacos Panayiotou -éste es su verdadero nombre- hace honor a sus orígenes griegos en el perfil de pronunciada, sobria nariz, y en los tacos que muy raramente se le escapan. Los dientes blanquísimos, perfectos, se enmarcan en una sonrisa encantadora, que le dibuja unas líneas bajo los mofletes –reminiscencias del niño gordito y goloso que fue. Los extremos del labio superior se esconden levemente tras la carnosidad del inferior; ambos contorneados y delimitados por la barbita de tres días que el londinense se ha dejado crecer.
Este detalle y un corte de pelo también similar al de la época de “Faith”, son una suerte de regreso matizado a sus inicios. El hombre de cuarenta años que George Michael es, el hombre que en tan poco tiempo ha sufrido y llorado la pérdida de sus dos seres más queridos –su pareja y su madre-, sentía la necesidad de un retorno a la jovialidad de los veintipocos, pero con la serenidad y la perspectiva que sólo dan los años. Huye, pues, de la frivolidad que promulgó y de la que fue icono. De su mirada castaña de pestañas largas e incipientes -pero disimuladas- patas de gallo, emana un sosiego que finalmente ha hallado en la espiritualidad. Se agarra a la fe como tabla de salvación; la lleva anudada al cuello en forma de cruz de madera, cargada ahora de un significado mucho más profundo que el de las cruces –casi fetiche- que lucía tiempo atrás.
Su voz grave y envolvente torna dulce y mágico el aire que toca. Sus palabras tranquilas, sus pasos, sus gestos comedidos... Después de un subidón en los noventa, la fama se le ha bajado definitivamente de la cabeza. No la quiere. Ha dejado de vivir como las grandes estrellas. Progresivamente se ha ido convirtiendo en un hombre austero y poco materialista. Su huida de la opulencia y de los affaires publicos ha culminado en su decisión de no publicar más discos: a partir de ahora venderá su música por Internet, a cambio de un donativo simbólico que se destinará a una de las numerosas organizaciones caritativas con las que colabora activamente.
Pero ésta no es la primera vez que George Michael muestra su compromiso social. Desde hace unos años, y sobre todo a partir del 11-S, ha mantenido una clara postura antibelicista y no se ha mordido la lengua para criticar al ministro británico Tony Blair y a su ciega política pro-Bush. Según el artista, en estos tiempos que corren “el silencio simplemente no es una opción”. Por eso él no se calla. Ni se calló en su momento cuando tuvo que reconocer su homosexualidad ante el creciente acoso mediático. Ni se calló cuando su compañía, la CBS, era absorbida por la gigantesca Sony –hecho que artísticamente iba a cortarle las alas. Unas veces con más fortuna que otras –el veredicto del juicio contra Sony fue la validez del contrato con la multinacional japonesa-, George Michael siempre ha defendido lo que ha creído justo.
No obstante, no toda su vida ha sido penas, lucha y trabajo. Cuando tiene algo de tiempo libre, George lo disfruta con su nueva pareja, Kenny, que le ha reafirmado en la estabilidad que por fin ha alcanzado. Ve mucho la tele, juega con sus labradores –Abby y Meg-, y se relaja, cómo no, escuchando a los clásicos. Contrariamente a lo que se podría suponer, no tiene el estudio de grabación en casa, cosa que cualquier artista de tres al cuarto considera, como mínimo, imprescindible. Siempre ha preferido no dejarse llevar por la pereza y marcarse una rutina clara de trabajo, que le obligue a entrar y salir de casa a unas horas determinadas.
Recientemente ha visto la luz el último álbum del cantante: “Patience”. Con este título, George Michael no sólo agradece la paciencia de sus fans por la espera de su disco –como ya hizo con una pequeña nota en Older: “Thank you for waiting”-, sino que, por encima de todo, rinde homenaje a aquello que le ha conferido la felicidad que hoy le llena: la paciencia.
Permanece apaciblemente sentado, con el talón derecho apoyado en su rodilla izquierda, trazando un ángulo de noventa grados: una postura lo suficientemente viril como para no aparentar pluma y lo suficientemente elegante como para no parecer un hooligan. Zapatos italianos con cinturón a juego, pantalón negro. Una camisa de seda del mismo color deja entrever un pecho sembrado de vello oscuro. También sus manos están cubiertas de pelo. En ellas relucen el oro de un anillo en el dedo anular y la perfección que algún sibarita demiurgo se exigió al tallarlas.
Georgios Kyriacos Panayiotou -éste es su verdadero nombre- hace honor a sus orígenes griegos en el perfil de pronunciada, sobria nariz, y en los tacos que muy raramente se le escapan. Los dientes blanquísimos, perfectos, se enmarcan en una sonrisa encantadora, que le dibuja unas líneas bajo los mofletes –reminiscencias del niño gordito y goloso que fue. Los extremos del labio superior se esconden levemente tras la carnosidad del inferior; ambos contorneados y delimitados por la barbita de tres días que el londinense se ha dejado crecer.
Este detalle y un corte de pelo también similar al de la época de “Faith”, son una suerte de regreso matizado a sus inicios. El hombre de cuarenta años que George Michael es, el hombre que en tan poco tiempo ha sufrido y llorado la pérdida de sus dos seres más queridos –su pareja y su madre-, sentía la necesidad de un retorno a la jovialidad de los veintipocos, pero con la serenidad y la perspectiva que sólo dan los años. Huye, pues, de la frivolidad que promulgó y de la que fue icono. De su mirada castaña de pestañas largas e incipientes -pero disimuladas- patas de gallo, emana un sosiego que finalmente ha hallado en la espiritualidad. Se agarra a la fe como tabla de salvación; la lleva anudada al cuello en forma de cruz de madera, cargada ahora de un significado mucho más profundo que el de las cruces –casi fetiche- que lucía tiempo atrás.
Su voz grave y envolvente torna dulce y mágico el aire que toca. Sus palabras tranquilas, sus pasos, sus gestos comedidos... Después de un subidón en los noventa, la fama se le ha bajado definitivamente de la cabeza. No la quiere. Ha dejado de vivir como las grandes estrellas. Progresivamente se ha ido convirtiendo en un hombre austero y poco materialista. Su huida de la opulencia y de los affaires publicos ha culminado en su decisión de no publicar más discos: a partir de ahora venderá su música por Internet, a cambio de un donativo simbólico que se destinará a una de las numerosas organizaciones caritativas con las que colabora activamente.
Pero ésta no es la primera vez que George Michael muestra su compromiso social. Desde hace unos años, y sobre todo a partir del 11-S, ha mantenido una clara postura antibelicista y no se ha mordido la lengua para criticar al ministro británico Tony Blair y a su ciega política pro-Bush. Según el artista, en estos tiempos que corren “el silencio simplemente no es una opción”. Por eso él no se calla. Ni se calló en su momento cuando tuvo que reconocer su homosexualidad ante el creciente acoso mediático. Ni se calló cuando su compañía, la CBS, era absorbida por la gigantesca Sony –hecho que artísticamente iba a cortarle las alas. Unas veces con más fortuna que otras –el veredicto del juicio contra Sony fue la validez del contrato con la multinacional japonesa-, George Michael siempre ha defendido lo que ha creído justo.
No obstante, no toda su vida ha sido penas, lucha y trabajo. Cuando tiene algo de tiempo libre, George lo disfruta con su nueva pareja, Kenny, que le ha reafirmado en la estabilidad que por fin ha alcanzado. Ve mucho la tele, juega con sus labradores –Abby y Meg-, y se relaja, cómo no, escuchando a los clásicos. Contrariamente a lo que se podría suponer, no tiene el estudio de grabación en casa, cosa que cualquier artista de tres al cuarto considera, como mínimo, imprescindible. Siempre ha preferido no dejarse llevar por la pereza y marcarse una rutina clara de trabajo, que le obligue a entrar y salir de casa a unas horas determinadas.
Recientemente ha visto la luz el último álbum del cantante: “Patience”. Con este título, George Michael no sólo agradece la paciencia de sus fans por la espera de su disco –como ya hizo con una pequeña nota en Older: “Thank you for waiting”-, sino que, por encima de todo, rinde homenaje a aquello que le ha conferido la felicidad que hoy le llena: la paciencia.
[Nota: este texto fue escrito en el año 2004, poco después de que George Michael sacara al mercado su álbum Patience]
2 comentarios:
Este texto lo escribiste cuando teníamos que hacer un retrato para el Vidal!!!!!! :)
este es el unico q no habia leído anteriormente y me ha encantado!
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