jueves, 8 de noviembre de 2007

Sobre (no) escribir

Escribir es como volar en sueños.
Cuando te acuerdas. Cuando funciona. Cuando puedes.
Es así de fácil.

Neil Gaiman


Lo malo del día en que comienzas a escribir es que ese día comienzas a no escribir también.

Juan José Millás

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Tarantino: a prueba de muerte



Dicen algunos que Tarantino ya no hace buenas películas. Yo creo que la de Death Proof es la mejor persecución en coche que he visto en mi vida (conste que no soy especialmente amante de este tipo de cosas).

Sólo él puede cargarse a cuatro pavas de una sola vez y luego, para deleite del espectador y el suyo propio, te repite las cuatro muertes una a una, a cámara lenta, con pierna voladora incluida.

La negraca gritando "Voy a romperte el culo, te voy a dar por detrás, zorra", pavas que sueltan casi tantos tacos como yo, personajes malos malotes, otros reales como la vida misma, piernas volando, ketchup en el parabrisas, un Challenger del 1970, diálogos verosímiles y otros totalmente surrealistas.

Así es el nuevo Tarantino, que no difiere tanto del viejo: Un Tarantino in artificios, sin Travolta, sinvergüenza, que se sienta en la butaca y se parte el culo con sus pelis.

George Michael: el paciente inglés

Una bota campera apoyada en un juke-box marca el ritmo de una canción. Los tejanos deshilachados, la sempiterna chupa de cuero, gafas ahumadas de motero y la enorme cruz de oro pendiendo de una oreja. Una especie de cowboy cristiano, un tipo duro de estética “Village People”. Así presentaba George Michael “Faith”, su primer single como artista en solitario. Pero ha madurado mucho desde entonces.

Permanece apaciblemente sentado, con el talón derecho apoyado en su rodilla izquierda, trazando un ángulo de noventa grados: una postura lo suficientemente viril como para no aparentar pluma y lo suficientemente elegante como para no parecer un hooligan. Zapatos italianos con cinturón a juego, pantalón negro. Una camisa de seda del mismo color deja entrever un pecho sembrado de vello oscuro. También sus manos están cubiertas de pelo. En ellas relucen el oro de un anillo en el dedo anular y la perfección que algún sibarita demiurgo se exigió al tallarlas.

Georgios Kyriacos Panayiotou -éste es su verdadero nombre- hace honor a sus orígenes griegos en el perfil de pronunciada, sobria nariz, y en los tacos que muy raramente se le escapan. Los dientes blanquísimos, perfectos, se enmarcan en una sonrisa encantadora, que le dibuja unas líneas bajo los mofletes –reminiscencias del niño gordito y goloso que fue. Los extremos del labio superior se esconden levemente tras la carnosidad del inferior; ambos contorneados y delimitados por la barbita de tres días que el londinense se ha dejado crecer.

Este detalle y un corte de pelo también similar al de la época de “Faith”, son una suerte de regreso matizado a sus inicios. El hombre de cuarenta años que George Michael es, el hombre que en tan poco tiempo ha sufrido y llorado la pérdida de sus dos seres más queridos –su pareja y su madre-, sentía la necesidad de un retorno a la jovialidad de los veintipocos, pero con la serenidad y la perspectiva que sólo dan los años. Huye, pues, de la frivolidad que promulgó y de la que fue icono. De su mirada castaña de pestañas largas e incipientes -pero disimuladas- patas de gallo, emana un sosiego que finalmente ha hallado en la espiritualidad. Se agarra a la fe como tabla de salvación; la lleva anudada al cuello en forma de cruz de madera, cargada ahora de un significado mucho más profundo que el de las cruces –casi fetiche- que lucía tiempo atrás.

Su voz grave y envolvente torna dulce y mágico el aire que toca. Sus palabras tranquilas, sus pasos, sus gestos comedidos... Después de un subidón en los noventa, la fama se le ha bajado definitivamente de la cabeza. No la quiere. Ha dejado de vivir como las grandes estrellas. Progresivamente se ha ido convirtiendo en un hombre austero y poco materialista. Su huida de la opulencia y de los affaires publicos ha culminado en su decisión de no publicar más discos: a partir de ahora venderá su música por Internet, a cambio de un donativo simbólico que se destinará a una de las numerosas organizaciones caritativas con las que colabora activamente.

Pero ésta no es la primera vez que George Michael muestra su compromiso social. Desde hace unos años, y sobre todo a partir del 11-S, ha mantenido una clara postura antibelicista y no se ha mordido la lengua para criticar al ministro británico Tony Blair y a su ciega política pro-Bush. Según el artista, en estos tiempos que corren “el silencio simplemente no es una opción”. Por eso él no se calla. Ni se calló en su momento cuando tuvo que reconocer su homosexualidad ante el creciente acoso mediático. Ni se calló cuando su compañía, la CBS, era absorbida por la gigantesca Sony –hecho que artísticamente iba a cortarle las alas. Unas veces con más fortuna que otras –el veredicto del juicio contra Sony fue la validez del contrato con la multinacional japonesa-, George Michael siempre ha defendido lo que ha creído justo.

No obstante, no toda su vida ha sido penas, lucha y trabajo. Cuando tiene algo de tiempo libre, George lo disfruta con su nueva pareja, Kenny, que le ha reafirmado en la estabilidad que por fin ha alcanzado. Ve mucho la tele, juega con sus labradores –Abby y Meg-, y se relaja, cómo no, escuchando a los clásicos. Contrariamente a lo que se podría suponer, no tiene el estudio de grabación en casa, cosa que cualquier artista de tres al cuarto considera, como mínimo, imprescindible. Siempre ha preferido no dejarse llevar por la pereza y marcarse una rutina clara de trabajo, que le obligue a entrar y salir de casa a unas horas determinadas.

Recientemente ha visto la luz el último álbum del cantante: “Patience”. Con este título, George Michael no sólo agradece la paciencia de sus fans por la espera de su disco –como ya hizo con una pequeña nota en Older: “Thank you for waiting”-, sino que, por encima de todo, rinde homenaje a aquello que le ha conferido la felicidad que hoy le llena: la paciencia.


[Nota: este texto fue escrito en el año 2004, poco después de que George Michael sacara al mercado su álbum Patience]

Mitad jinetes, mitad corazón

Cuando a Steven Spielberg le preguntaron cuál era para él la mejor película de la historia, contestó, sin dudarlo: “Centauros del desierto, de John Ford”. Y es que éste es considerado quizá el mejor western, y probablemente una de las mejores películas de la historia. Se ha dicho que Centauros del desierto (1956, basada en la novela de Alan LeMay) es el primer western moderno y que revitalizó el género en un momento en que el western había quedado estancado.

Esta obra de John Ford consigue ir más allá de la arquetípica película del Oeste: no hay sólo acción y tipos duros, odio, venganza, indios y vaqueros. Si bien es cierto que la venganza es un motivo recurrente en Ford (también la hallamos en Ringo Kid, en La diligencia), el excelente director suele ir más allá y nos muestra el lado humano de todo ello. El espectador llega a conocer la vida, la personalidad y las motivaciones de los personajes hasta el punto en que devienen personas con sentimientos y no meramente sujetos de una acción que ha de ser indefectiblemente perseguir y matar indios. Centauros del Desierto nos presenta a unos personajes redondos, que descubrimos poco a poco, mientras que en La Diligencia los personajes son más estereotipados y los descubrimos a medida que interaccionan los unos con los otros.

En Centauros del Desierto nos adentramos, pues, en Ethan, interpretado por John Wayne, el “actor fetiche” de Ford (el tándem Ford-Wayne, se repetirá en 19 largometrajes más). Ethan es un nómada solitario encarnado por John Wayne: un hombre duro, confuso, rudo, racista y tan perdedor que ya no tiene nada que perder. De ahí su valentía y la rienda suelta que se concede dar a su odio desmesurado, que se concreta en la búsqueda de Debbie y Laurie, secuestradas por los comanches (después de haber atacado el rancho de su hermano). En su aventura contará con la inestimable ayuda de Jeffrey Hunt, en el papel de Martin, hermano adoptivo de ambas. Además, acompañará a la pareja una partida de Rangers de Texas, constituida por personajes curiosos y divertidos, como el reverendo o el loco Mose (Hank Worden), en cuyo papel podemos encontrar ciertas reminiscencias del genial Thomas Mitchell, el doctor Boone en La diligencia. El propósito que Ethan no revela, es, además de encontrar a los comanches y matarlos, matar también a su sobrina superviviente, Debbie (Natalie Wood), cuya sangre ha sido contaminada por el contacto indio.

Pero, a pesar de ser un drama profundo, en él, John Ford sabe encontrar el toque de humor leve y distendido que caracteriza a sus filmes. El espectador se reirá o dibujará una sincera sonrisa en la pelea de los dos hombres por Debbie o en el momento en que Martin echa a patadas a la india de su lecho. La trama tampoco está exenta de un romanticismo triste: se intuye el romance entre Ethan y Martha (Dorothy Jordan), pero ésta finalmente se hubo de casar con el hermano de Ethan.

Por tanto, vemos como temas de fondo, entre muchos otros, la Humanidad, el Amor, la Venganza, el Odio, la Familia, la Amistad, el Deber o el Racismo. Centauros del desierto constituye, por ello, un preciso retrato de la condición humana. Y lo hace a través de una narración épica, lírica y de ritmo ágil pero con cabida para la naturalidad en la progresión dramática.

La música de Max Steiner, la impecable fotografía de Winton C. Hoch o los majestuosos escenarios de Monumental Valley (que ya pudimos ver La Diligencia), consiguen estar a la altura del director y de la historia, lo cual es decir mucho en favor de ambos.

Por todo ello, John Ford ha sido uno de los directores más oscarizados (cinco estatuillas), justamente aclamado por crítica y público. Su éxito radica en saber mostrar, paralelamente a la acción, aquello que hace inmortal a cualquier obra: la esencia del ser humano.

Autodefinido

En este blog mostraré algunos textos periodísticos y de crítica cultural. Cine, literatura, fotografía, música, pintura... Todo tiene cabida en este rincón cálido y sagrado donde me permito ensalzar y apuñalar a partes iguales e injustamente por igual.
Los registros empleados son muy diversos, aunque el coloquialismo es la tónica general, en consonancia con los soportes en los que algunas piezas fueron publicadas originalmente.
Pero, oye, si tanto quieres saber sobre lo que escribo, empieza a leerme un poquito, ¿no?

Bienvenida y prueba

Bienvenido/a.

Éste es el blog de Virginia Arroyo, periodista... y algunas cosas más.

¿Por qué he titulado a la web El fotomatón? Porque, igual que Millás, "comparto con los fotomatones la habilidad de ver lo peor que tienen las personas", y estos textos son una buena muestra de ello.