[Arctic Monkeys, 1 de diciembre, Espacio Movistar, Barcelona]
Los Arctic Monkeys son buenos. Son buenos en estudio y son buenos también en directo. Pero ya está. Estrictamente correctos, estrictamente fieles a su sonido. Ni una nota más ni una nota menos: los chicos de Sheffield se mantuvieron fieles al sonido de álbum en su un directo corto y de audiencia moderada aunque embutida, donde la banda se siente más cómoda.
Empezaron suaves, con Sandtrap. El público estaba aún contenido, ellos también. Los motores empezaron a calentarse y los temazos se sucedieron a partir de entonces: I bet you look good on the dancefloor, Fake tales from San Francisco, Brianstorm, un acelerado Old yellow Bricks, un inspirado Do me a favour, When the sun goes down (también conocida como Scummy)... Entre medio, los ingleses fueron presentando algunas canciones nuevas que pasaron bastante desapercibidas entre el público y apuntan a un próximo trabajo en la línea de este Favourite Worst Nightmare. Los bises, eso sí, fueron el broche perfecto: después de una dudosa entrada con Nettles, el público acabó de darlo todo en el frenético The view from the afternoon e If you were there.
Lo mejor del concierto, sin lugar a dudas: ver al batería en acción. Mathew Helders no sólo toca la batería: Helders ES la batería. Es rítmico, creativo, antintuitivo y sorprendente, duro pero preciso, protagonista en la sombra, que además de todo ello, hace coros, bromea y no para de hablar. El resto estuvieron más bien comedidos, cumpliendo su función y dando la talla, pero les sobraba foco.
Más duros, más acelerados, más precisos, menos cansados y algo más experimentados que los chavales de 20 años que vimos el pasado marzo, estos Arctic Monkeys empiezan a reventar estadios y previsiones y, de momento, están a la altura del monstruoso mito que están creando, que no es poco.
