Cuando a Steven Spielberg le preguntaron cuál era para él la mejor película de la historia, contestó, sin dudarlo: “Centauros del desierto, de John Ford”. Y es que éste es considerado quizá el mejor western, y probablemente una de las mejores películas de la historia. Se ha dicho que Centauros del desierto (1956, basada en la novela de Alan LeMay) es el primer western moderno y que revitalizó el género en un momento en que el western había quedado estancado.
Esta obra de John Ford consigue ir más allá de la arquetípica película del Oeste: no hay sólo acción y tipos duros, odio, venganza, indios y vaqueros. Si bien es cierto que la venganza es un motivo recurrente en Ford (también la hallamos en Ringo Kid, en La diligencia), el excelente director suele ir más allá y nos muestra el lado humano de todo ello. El espectador llega a conocer la vida, la personalidad y las motivaciones de los personajes hasta el punto en que devienen personas con sentimientos y no meramente sujetos de una acción que ha de ser indefectiblemente perseguir y matar indios. Centauros del Desierto nos presenta a unos personajes redondos, que descubrimos poco a poco, mientras que en La Diligencia los personajes son más estereotipados y los descubrimos a medida que interaccionan los unos con los otros.
En Centauros del Desierto nos adentramos, pues, en Ethan, interpretado por John Wayne, el “actor fetiche” de Ford (el tándem Ford-Wayne, se repetirá en 19 largometrajes más). Ethan es un nómada solitario encarnado por John Wayne: un hombre duro, confuso, rudo, racista y tan perdedor que ya no tiene nada que perder. De ahí su valentía y la rienda suelta que se concede dar a su odio desmesurado, que se concreta en la búsqueda de Debbie y Laurie, secuestradas por los comanches (después de haber atacado el rancho de su hermano). En su aventura contará con la inestimable ayuda de Jeffrey Hunt, en el papel de Martin, hermano adoptivo de ambas. Además, acompañará a la pareja una partida de Rangers de Texas, constituida por personajes curiosos y divertidos, como el reverendo o el loco Mose (Hank Worden), en cuyo papel podemos encontrar ciertas reminiscencias del genial Thomas Mitchell, el doctor Boone en La diligencia. El propósito que Ethan no revela, es, además de encontrar a los comanches y matarlos, matar también a su sobrina superviviente, Debbie (Natalie Wood), cuya sangre ha sido contaminada por el contacto indio.
Pero, a pesar de ser un drama profundo, en él, John Ford sabe encontrar el toque de humor leve y distendido que caracteriza a sus filmes. El espectador se reirá o dibujará una sincera sonrisa en la pelea de los dos hombres por Debbie o en el momento en que Martin echa a patadas a la india de su lecho. La trama tampoco está exenta de un romanticismo triste: se intuye el romance entre Ethan y Martha (Dorothy Jordan), pero ésta finalmente se hubo de casar con el hermano de Ethan.
Por tanto, vemos como temas de fondo, entre muchos otros, la Humanidad, el Amor, la Venganza, el Odio, la Familia, la Amistad, el Deber o el Racismo. Centauros del desierto constituye, por ello, un preciso retrato de la condición humana. Y lo hace a través de una narración épica, lírica y de ritmo ágil pero con cabida para la naturalidad en la progresión dramática.
La música de Max Steiner, la impecable fotografía de Winton C. Hoch o los majestuosos escenarios de Monumental Valley (que ya pudimos ver La Diligencia), consiguen estar a la altura del director y de la historia, lo cual es decir mucho en favor de ambos.
Por todo ello, John Ford ha sido uno de los directores más oscarizados (cinco estatuillas), justamente aclamado por crítica y público. Su éxito radica en saber mostrar, paralelamente a la acción, aquello que hace inmortal a cualquier obra: la esencia del ser humano.
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